jueves, 4 de junio de 2009

Interacción

"Bastó que ella cerrara los ojos,
para que él inventara la noche."

lunes, 1 de junio de 2009

Resumen

Fue escrito en 2007 como resumen de mil conversaciones
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- Hola.- Hola. Me di cuenta que había llamado hace un par de días. Lamento no haber contestado, no oí el teléfono. Cómo va su vida?
- No muy bien.
- Que pasó?
- Estaba pensando en usted.

Hubo un silencio en la conversación. Ella retoma la palabra:- Usted es el único que ha seguido conmigo a pesar de mis errores.
- En eso estaba pensando a las 3 de la mañana y después de tanto tiempo sin saber el uno del otro?
- Y llorando -rió con dolor-…por usted y por todo.

Él respiró profundamente y respondió: Lo siento.
- Quería escucharlo, saber que sigue conmigo, que me piensa…
Él replicó: Nuevamente, lo siento, ha pasado mucho tiempo.

- Por qué usted perdonaba mis errores?Él pensó por unos segundos y sin dudarlo contestó: - Porque la quise toda. La quería para mí, con sus dudas y sus contradicciones. Con sus errores y sus tristezas. Pero, también con su risa y con sus ojos. La quería toda. Así se debe querer. Por lo menos, así quiero yo.

- Estaba extrañando todo lo que vivimos juntos.
- Ya todo pasó. Ahora es un recuerdo. Hay que seguir caminando – le dijo, pero en su cabeza, él siguió hablando en silencio: Así lo he hecho, no sin caídas, pero lo he hecho.
Ella calla. Él prosigue cambiando el tema, intentando distraer sus sentimientos hacia ella que, por cierto, aún sobrevivían. Habló de las nuevas cosas de su vida y de las que vendrían. Ella se limitaba a escuchar.

Esa, sin que ellos lo supieran, fue la última conversación que tuvieron. Fue el último asomo de aquello que algún poeta tildó de “estado de locura temporal”. Los días pasaron y los recuerdos se debilitaron. Ella se mudó a un país lejano pero no extraño, hizo una vida. Intentó ser feliz. Él desde hace unos años vive en la capital, en donde intenta ser feliz. La conversación continuó recorriendo varios temas insulsos hasta que ella, tajantemente y antes de colgar el teléfono, lo sorprende con una pregunta:
- Yo dejé alguna marca en su vida?
- No,dijo él mintiendo.

Su nombre era (Las puertas 2)

“Quién es ella” se preguntarán. Hace 22 años, nació la tercera mujer de una familia que vivía en una ciudad prestada. Ese año, el país que habitaba estaba enfermo: Males causados y males naturales lo amenazaban. En otras tierras, un exactor de cine empezaba su nuevo turno al frente del gobierno de una potencia y en la “otra” potencia, subía al poder quien cuatro años después la desintegraría en pos de la democracia. Se caían aviones en el extremo oriente pero también se abrían aeropuertos en nuestro país, por contradictorio que eso parezca. Esto y más, sucedió en ese año.

El sol de aquel paisaje pudo haberle dado el brillo que sus ojos tienen hoy. No sé… pero alguna explicación debe haber. Años después sin embargo, se trasladaron más al norte, lejos de esa tierra, a un lugar rodeado por murallas. Allí, creció y se hizo bella. Pasó sus años de colegio en ese lugar, que hoy le es lejano pues, tomó la decisión de adentrarse en las montañas para proseguir sus estudios universitarios. Aunque, no creo que haya buscado sólo estudiar. Al conocerla, me he dado cuenta que perseguía su independencia como lo hace ahora. Quiso conocerse, exigirse, saber quién era realmente. La manera para hacerlo fue enfrentarse a una nueva situación… sola. Hace unos días, logró su meta.

Su primer nombre, sin decirlo, no es castizo. Es importado de otro idioma. Aunque no me es extraño ni chocante. Es más, si hubieran pedido mi opinión sobre el idioma del que fue extraído su nombre, hubiera escogido ese mismo y estado muy de acuerdo.

La conocí, si es que ustedes me permiten la utilización de ese verbo, pues realmente sólo la vi hasta abrir la puerta. Denme la libertad de decirlo de esa manera y permítanse imaginar la siguiente situación. Hace un año casi, en un encuentro académico fuera del país, me crucé con una amiga. Al volver, ella y yo seguimos en contacto. Se podría decir que nos volvimos muy buenos amigos, aprendimos el uno del otro, nos escuchábamos. Tanto que en algún momento, se atrevió a decirme que quería que “conociera” a alguien.

En un principio, me pareció algo incómodo y extraño para mí. Pero, después de pensarlo un momento, decidí escribirle a esa persona. La razón que me permitió tomar esa decisión fue simple: ¿Por qué no hacerlo? ¿Sólo porque nunca lo había hecho antes? Esas dos preguntas me dieron impulso necesario para hacerlo. Fue entonces cuando se me presentó otro problema: ¿Qué le escribo? Debía presentarme…no, si ya estaba haciendo algo fuera de mi, pues “hagámoslo lo más cercano posible a lo que creo que soy” -pensé. Es decir, tenía que ser algo que la hiciera pensar, que la obligara a escribir. Así lo hice, creo. Un día después recibí respuesta.

Su segundo nombre fue, como ella misma lo dijo, la expresión del amor de su padre hacia su madre. Tal vez, siendo objetivo simplemente fue por gusto. Siendo sincero, espero que haya sido realmente un ejemplo de amor y espero que esa siga siendo esa la razón. Soy un romántico…no hay nada que hacer al respecto. Su nombre completo es, entonces, el resultado de describir una muestra de amor en otro idioma. Así es ella.

Las Puertas

Fue escrito en 2005 - 2006, como recuerdo de un instante en otra ciudad. Es un primer aparte.
El segundo aparte se titula "Su nombre era".
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A veces quisiera ser más valiente y decir las cosas que pienso en voz alta. Al parecer no lo logro. Me es más fácil escribirlo. Lo hago días después, a manera de organizar mis impresiones, mis ideas, mis sueños…mis palabras.

Fueron segundo eternos. Las escaleras por las que bajé fueron hechas para gigantes definitivamente. Cada escalón era una proeza. Todo era lento cuando yo quería avanzar rápido. Sentía que corría pero no me movía. Sólo cuando mi mano tocó la puerta, pude respirar. Ella estaba detrás de esa puerta.

Cuando se abrió, lo único que escuchaba era un golpe fuerte en mi pecho. Retumbaba en mi cabeza y hacía estremecer mis piernas. Todo estaba en silencio. Era una película muda, las personas se movían, hablaban pero no oía nada. Podría jurar sin embargo que logré escuchar el sonido de las bisagras poco aceitadas como las de un baúl de recuerdos. En este caso, recuerdos por venir.

Por un instante, mi respiración cesó nuevamente. Alrededor de ella, una luz extraña brillaba. Viéndolo objetivamente, pudieron haber sido las luces de la entrada que la iluminaban. Pero a mi me pareció que ella era la que iluminaba todo ese espacio. Incluso creí estar inmerso en un sueño en el que ella era la protagonista aunque no la hubiera visto hasta ese segundo. Momentos efímeros. Los repetiría cuando Dios, si existe, lo quisiera.

No sé hacia dónde me lleva todo esto. Quise ser lo más objetivo posible y narrar el encuentro con esa voz que, por fin, tenía una cara. Quiero ser sincero al decir todo lo que pensé y sentí. La objetividad y la sinceridad van de la mano en estas palabras que escribo: ¿Es eso posible?

Algo de biografía (2): Mi cumpleaños.

Algo de biografía (2): Mi cumpleaños fue escrito en 2005. Hace parte de los envíos a una amiga "no de Cali".
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En la revista cultural del mes de abril (año ?) de la Fundación Hispanoamericana, apareció en un pequeño rincón una columna titulada Apuntes de una Estudiante: Mi visión del Liceo Francés. De ese escrito, le comparto lo siguiente: "En sí, siempre ha sido un lugar de exigencia, de cantaletas y métodos cartesianos franceses que van desde -no se lo trague todo entero- hasta -esto es así y punto final-".

Esas palabras sencillas y directas describieron en parte mis recuerdos de ese lugar cada vez más lejano. Uno de esos recuerdos que se pasearon por mi cabeza en el momento de leerlo, fue el de mi espera eterna por celebrar mi cumpleaños en el salón de clase, como todos mis compañeros lo hacían. En ocasiones, había pasteles y gaseosa. En otras, papas fritas y jugos. A veces, incluso música. Eran todo un acontecimiento. Era un momento para olvidar lo que el resto del día en el liceo podía significar. Cuando era más pequeño (aún me considero un niño en algunos aspectos) guardaba la esperanza de que una mañana fuera mi turno de celebrar, de que yo fuera el centro de atención. Pero, ese día...no llegó.

Al ir creciendo me di cuenta cuan difícil era que mis amigos asistieran o festejaran el día en el que yo nací. Sin embargo, no pude evitar año por año sentirme aislado del mundo porque, para mi, ese día nunca fue especial. Pues mis padres estaba conmigo, mis hermanos pero....pero...no había ningun tipo de celebración posible, no había amigos, no había torta, ni música. Al menos, en ese momento de mi vida. Porque era difícil organizar algo ese día que implicara el desplazamiento de personas. Era un día aburridor, lento...

Hoy, ahora, es un buen día. Mis amigos lo esperan con mucho interés, incluso lo planean de antemano y obviamente, todo gira en torno a lo que yo quiera. Sobre todo, que es el comienzo de una semana festiva en esta ciudad. Ese día empieza la Feria de Cali y pues...todo es un desorden de fiesta a escala urbana. Pero, vale la pena aclarar que están conmigo aquellos que han participado en mi vida y lo han estado siempre a medida que nuestras posibilidades (y nuestra edad) lo han permiido.

Por qué nuestra edad? Pues un 25 de diciembre con una fiesta del tamaño de la que se organiza en Cali, con caballos atravesándola de norte a sur...pues la edad es un factor indispensable para su apreciación. Si, puedo decir que en mi cumpleaños, empieza la feria de cali y organizan una cabalgata en mi honor (en realidad no es en mi honor, pero me gusta decirlo).

Pero, el día de mi cumpleaños nunca llegó en mi colegio. Y eso, se me quedó guardado en mi cabeza como tarea no cumplida. El día de mi cumpleaños nunca llegó en mi colegio. Hoy, entiendo y no lo cambio por nada. Ayer, era poco divertido.

Un poco de biografía

Este texto fue mdificado para una amiga "no de Cali" a mediados de 2006. Sin embargo, fue escrito por casi cuatros años antes a manera de episodio biográfico.
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Mi hermana escribió alguna vez un ensayo describiendo su vida familiar, con el objetivo de cumplir unos requisitos para ser aceptada para hacer una especialización en otra ciudad. Yo, en ese momento, me encontraba viviendo en París. Sólo me enteré que aquello que había escrito había hecho llorara hasta al perro que vivía en ese entonces todavía en mi casa. Sin embargo, sólo tuve la oportunidad de leerlo hasta un buen tiempo después cuando regresé.

Ella comenzó explicando su ambiente familiar, en donde había pasado hasta ese momento toda su vida. Describió con una a cada miembro de ese hogar con hermosa simplicidad. Un par de palabras que dibujaban perfectamente a cada uno de nosotros. Fue impactante como había podido encajar esas características en tan pocas palabras. No me había acordado de la existencia de ese escrito hasta que lo empecé a leer. Recordé que mis padres lloraron cuando lo leyeron y aún más cuando a mi hermana la aceptaron para realizar esa especialización. Recuerdo perfectamente que mi hermano y mi otra hermana no me pudieron ni siquiera explicar con sus palabras lo que ella, con esas pocas palabras, les había hecho sentir.

Seguí leyendo, lentamente. Casi podría decir que repetía cada frase y cada renglón para no perderme ningún detalle. Cuando empezó la parte en la que comenzaba a describir a los miembros de nuestra familia, mi piel empezó a erizarse de la emoción con que fueron escritas esas frases cortas, directas pero profundas como un buen poema. Sin enterarme, sin darme cuenta, llegué a la frase que me describía. No pude seguir leyendo. Simplemente me faltó la respiración.

En ese momento después de haber leído esa simple frase “mía”, empecé a recordar cada uno de los momentos que yo había considerado importantes en mi vida. Cada detalle que yo había en esos momentos, los resentí aunque ese verbo sea poco castizo.

Recuerdo que por ejemplo, cuando era niño perdí primero de primaria. Algo que ahora es causa de risas cuando lo comento con mis amigos. Cuando regresé al colegio, a repetir ese año, me fue muy bien. Y ese sentimiento de tranquilidad que eso generó en mi lo quise mantener. Por esa razón, quise continuar estudiando y leyendo para que esa sensación de tranquilidad durara mucho tiempo. En el colegio me fue bien. Hasta cierto punto. Me gustaba lo que hacía y me gustaba leer un poco más de los temas que más me interesaban. Planeaba lo que estudiaba cuidadosamente. Buscaba los temas relacionados para poder comentar lo que leía o lo que aprendía usando otros autores y diversos ejemplos. Así hasta la universidad. Así hasta ahora.

Eso me ha demostrado que yo soy una persona que planea los pasos que voy a tomar. No a muy largo plazo. Esto último lo advertí ya cuando estaba en la universidad y estudiábamos el keynesianismo y el corto plazo en la economía. En ese momento me di cuenta que yo no podría planear a largo plazo porque existían muchos factores que podrían desestabilizar ese camino trazado. Estaba de acuerdo con Keynes, en el largo plazo todos moriremos. Sin embargo, el largo plazo no me era agradable del todo. Me parecía como si significara tener miedo, como andar muy pausado esperando los resultados de alguna acción. Por eso, me inventé mi propia teoría acercando el largo plazo con el corto plazo. Planeo mis objetivos a un mediano con metas intermedias. Metas relativamente flexibles pero que sé que al cumplirlas me llevarán a ese objetivo que he establecido.

Las dos frases que mi hermana utilizó para mi, también me hizo pensar en mis años en el exterior. Cuando leí recordé que me gusta estar solo. No puedo evitarlo, me gusta. Sin embargo hay que aclarar que creo firmemente que el querer estar solo es diferente a sentirse solo. El sentirse solo es soledad, pura. No podía evitar sin embargo, cuando entraba en mi apartamento en París sentirme de vez en cuando solo. Esa prueba de cumplir mi objetivo, de obtener mi diploma, estaba por encima a todo aquello que pudiera sentir. Lo logré. Momentos tristes, de soledad, de debilidad….quedaron atrás. Años después, volví a hacerlo. Me fui a otra ciudad a trabajar. Nuevamente, los objetivos planteados en esa ciudad los cumplí a cabalidad. Era un trabajo exigente y es muy posible que eso me haya incentivado a no desfallecer en los momentos más complejos. Y es más, quería siempre más responsabilidades. Quería aprender más.

Me sorprendió la facilidad con que mi hermana me dibujó. Me quedé frío, sólo sentí el calor de una lágrima que recorría mi mejilla. Recordé mis amigos, aquellos incondicionales que están ahí en las buenas y en las malas. Siempre. Aparte de dejarme un gran interés por saber más, mi colegio me dejó ese legado. Mis amigos. No puedo negar que durante la universidad conocí mucha gente, sin embargo unos pocos podría considerarlos así verdaderamente. Además, he logrado que ese círculo de amigos de mi universidad se una con el mi colegio. Nos conocemos, nos acompañamos, nos ayudamos. A su vez, a medida que pasan los años, esas personas se van volviendo contactos para futuros proyectos, futuras posibilidades.

Cuando terminé de leer aquello que mi hermana escribió, que a la postre le serviría para labrar su futuro, levanté la cabeza y pensé en la gran responsabilidad que tenía sobre mis hombros. Debía seguir siendo esa persona que mi hermana dibujo con sus palabras. No me asusté. Me sentí orgulloso.

Hace ya unos días...

Estos son dos apartes de un texto enviado a una amiga. Escrito en 2004 - 2005.
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Hace ya muchos días, la vida de nuestro personaje volvió a cambiar. Los momentos duros y fríos que vivió en la capital habían quedado atrás. En su cabeza, retumbaba la idea que utilizaba para convencerse de que lo que estaba haciendo estaba bien. Según él, los más grandes generales eran los que sabían cuando atacar pero, también, cuando replegarse. Para él, el regreso a su ciudad era una etapa en la que debía recuperar fuerzas perdidas. Igual, a veces no lograba convencerse de esta idea: Se sentía triste.

Poco a poco, el año terminaba y nuestro personaje se iba re-encontrando con quienes había vivido muchas historias. El calor de su ciudad y el de sus amigos fueron reconstituyendo el alma desgastada por los golpes que había sufrido. Aunque ya casi un año atrás, seguía hirviendo la sangre cada vez que la recordaba. Ella había sido su razón de ser por cerca de cuatro años. Pero dejó de serlo. Se alejaron. Ahora, estando los dos en la misma ciudad, no podía impedir la imagen de los posibles encuentros fortuitos. Construía historias en su cabeza en las que imaginaba a sí mismo, viéndola en un bar, entrando a una sala de cine, en restaurantes,…siempre acompañada. Valdría la pena aclarar que para nuestro personaje, la realidad era algo negativa, de ahí que hasta lo que se imaginaba iba en contra suya.

En sus momentos en los que no era acompañado por alguien, recaía en sus confusos acertijos. Preguntas sobre su devenir, sobre su pasado,… sobre su pasado, al que según él no puede abandonar. Sigue con él, a veces como lastre, a veces como fuente de ejemplos para tomar alguna decisión sobre un próximo paso por dar.

Al transcurrir los días, este hombre se fue acostumbrando a un vacío que no le dejaba concentrarse en sus tareas diarias. Desde hace mucho, él había definido la diferencia entre sentirse solo y querer estar solo. Cuando se busca -decía él- estar solo, se puede aprender más, tratando –como siempre- de resolver los cuentos que se crean en mi cabeza, inventados para determinar cuál sería mi posible reacción cuando estos se vuelvan, posiblemente, realidad. Pero, desde su regreso, empezó a no querer estar solo. Eso lo dejó con la otra opción que él mismo estableció: se sintió solo. Aunque, en realidad, siempre estuvo con alguien al lado. Pero esas compañías poco duraban.

Cierto, tuvo espacios de tiempo en el que conocía la alegría nuevamente. Pero, nunca estuvo seguro de las relaciones que formaba. Y siempre terminaban, no sin herir a quienes le acompañaron. Herir por no pensar. Pensar era algo que normalmente hacía bien, pero todo estaba fallando en él. El nuevo año empezó así. Nuestro amigo confundía sentimientos, por lo que el miedo a estar solo actuaba como cariño. Nunca supo qué era lo que sentía en realidad.
(...)
Cuando la conoció fue una época extraña. Todos sus amigos estaban en una etapa de crisis en sus relaciones. Frente a esto, nuestro personaje no podría negar que le causaba algo de bienestar. Así ya no se sentía solo en la miseria y hasta podía atreverse a decir que estaba mejor que los demás.

Él, como ya sabemos, había regresado de la capital y empezó a buscar empleo. Lo consiguió fácil, gracias a sus contactos hechos a través de su labor durante el tiempo que estuvo fuera de su ciudad. Siguió en contacto con sus amigos que continuaban en la ciudad. Almorzaban juntos como solían hacerlo algunos días en la semana. Esto era de gran ayuda para él, dejaba sus problemas lejos de su cabeza. Igual seguían existiendo pero las voces de los que lo rodeaban los ocultaban.

En ocasiones, durante esos minutos del medio día, temas recurrentes emergían de la memoria colectiva de este grupo de personas. Tiempos en los que tenían otras preocupaciones que en ese momento eran todo menos eso. Recordaban “vidas pasadas” que los acercaba aún más, como si fuera un medio de protección para enfrentar lo que se venía. El grupo parecía resistirse a perder la cohesión que ya muchos meses atrás se había debilitado.

Pudo conocer nuevas caras. Nuevas personas empezaron a ser parte de sus días. Esto permitió darle algo más de resistencia a un grupo que no era, por mucho más tiempo, sostenible. Además, se era testigo de las disputas internas de las parejas que aunque internas, la cercanía con los demás hacía que los problemas salpicaran a muchos. En ocasiones, las tensiones hacían que el grupo se dividiera. Estos se conformaban por aquellas personas que se sentían cercanas por la situación que vivían. Personas que bajo otra situación estarían juntas, ahora compartían sus penas. En cierto modo, es divertido –irónicamente se decía-.

Así pues, la vio él a ella por primera vez. Si, él a ella, porque como era lógico, cuando ella apareció, su relación estaba en crisis por lo que lo menos que le importaba era alguien más. Así que poco o nada de atención recibía nuestro amigo, quien demostrando una vez más su visión perdida que era su estado normal en ese momento, empezó sólo a prestarle, a ella, su atención. Por qué visión perdida? Porque el contexto sentimentalmente crítico para ella, no le permitía ver más allá y con razón. Pero nuestro amigo, pobre de él, testarudo no pudo resistir e hizo lo que hacía mucho no hacía.

Poco a poco se fue acercando a ella. Le gustaba su compañía, hablar con ella. Le gustaba simplemente verla. Pero nunca lo relacionó con que sentía algo por ella. Simplemente pensaba es bueno conocer nuevas personas.
(...)

Vestida de negro profundo

Y volvió, vestida toda de negro profundo. Se movía casi con gracia, aunque sabía que con cada paso que daba hacia mí, esa gracia desaparecería. Se cambiaría por odio, temor, soledad…

No pude hacer nada por detenerla, por alejarla. Sólo esperó paciente, como si supiera nuestro destino. Lo supo desde un comienzo y se limitó a esperar… Y llegó su hora, o la nuestra en este caso.

Al estirar su mano, desperté sobresaltado. En ese instante, luego de abrir mis ojos, sentí un dolor en el pecho que me hizo entender que una tristeza vestida de negro profundo estaba en mí: me di cuenta de que el sueño se había acabado.
(Escrita comienzos de mayo 2009)

Cuanto más grande la mentira...

La siguiente historia, se basa en una conversación sin sentido sostenida a finales de 2008. Fue escrita al lado del mar.
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"En la antigüedad, para detectar las mentiras, se confiaba en unos pequeños y molestos animales: las pulgas."

En eso se basó, él, para aconsejarle que comprara un artefacto que pudiera, a ella, servirle para identificar las verdades que la rodeaban y desechar así las mentiras. Ella, a causa de esas palabras, lo miró extrañada y replicó:"¿Un quita-pulgas es entonces un detector de mentiras?"

"Si!" - contestó con aires de suficiencia, añadiendo que su efectividad dependía mucho del color de las pulgas y de las mentiras. Ella, con sus ojos achicados por el esfuerzo de intentar comprender, preguntó nuevamente:"¿Habría entonces que comprar varios quita-pulgas de acuerdo con el color de las mentiras...y de las pulgas?"

"¡Si!" respondió él, abriendo los ojos. Además, le aclaró que cuanto más grande la mentira, más pica la pulga. Fue ahí cuando ella empezó a preguntarle sobre el color de las mentiras:

-"¿Hay mentiras blancas?" -"Si, son para los niños pequeños."
-"Hay pulgas rojas, entonces ¿hay mentiras rojas?"-"Son las que se dicen para poder estar con alguien que uno quiere."
-"¿y las mentiras malas de qué color son?"-"Negras."

La pregunta que quedó como flotando en el ambiente fue cuándo se puede estar tranquilo y no pensar en las mentiras ... y en las pulgas. Él respondió que conforme con el paso los años, se iban encontrando personas en quienes se podía confiar. Y en ese momento, las pulgas desaparecían. "¿Y puedo confiar en usted?" preguntó ella."Si."

Aunque él escondió en ese momento, una pulga roja que caminaba por su brazo.

Antes de crecer y ser menos feliz

Antes de crecer y ser menos feliz, pasaba la mayor parte de mis días corriendo. En grandes espacios o reducidos: no importaba mucho, pero corría. Me imaginaba por momentos rodeado de miles de personas que me observaban hacer eso que, durante esos años dominaba mis intereses: El fútbol. No entiendo, sigo sin poderlo hacer todavía, simplemente se adueñó de un pedazo de mi.

Jugaba mucho...mucho. Aprovechaba cualquier instante para jugar con un balón. No había en ese entonces nada que me hiciera tan feliz. No había nada que eliminara de mí el stress de un día en el Liceo como un grito de Gol. Me tocaba marcar bastantes para eliminarlo totalmente. Por lo menos lo intenté. Incluso, en mi cuarto improvisaba porterías para marcar goles en las tardes libres. Siempre estaba imaginando goles en mi cabeza...

Hubo uno que recuerdo siempre. No fue imaginario, cabe aclarar. El balón bajaba desde lo alto después de un saque largo del arquero. Era un partido a medio organizar que empezaba cada vez que sonaba la campana para el "recreo". Los de cursos superiores contra los inferiores. Yo estaba en los inferiores. La diferencia sin embargo no era tanta. Aunque a veces, por esa falta de orden, se podían contar demasiados jugadores para un campo tan pequeño. A veces también, se podía contar más de un balón. Era un circo...pero para nosotros era un clásico a jugarse todos los días.

El balón caía...todos empezaban a seguir su trayectoria. Gritaban, empujaban. Empezaban a cantar jugadas magistrales sin que el balón hubiera siquiera tocado el polvo del terreno de juego. Había poco pasto, nubes de polvo se elevaban en cada período de juego. Por supuesto, nosotros mismos éramos columnas andantes de polvo y sudor. Lo siento, no es muy agradable la imagen pero, a esa edad lo que una linda como usted pudiera pensar, representaba menos que el sonido que emite una hormiga al caminar.

Sin embargo el balón no cayó esa vez. Antes del saque del arquero, le grité para que me hiciera un pase largo como el que efectivamente hizo. Iba teledirigido como si alguien desde el sol lo hubiera soltado hacia mi cabeza. Yo estaba de espaldas hacia el arco contrario. Al frente mío, vi todo el recorrido del balón desde su contacto con el zapato derecho de nuestro arquero. El balón atravesó la cancha por los aires y fue cayendo. Cayendo hacia mí. Todos lo seguían pero al verme, los de mi equipo, retomaron posiciones esperando un pase luego de que yo recibiera el balón. Pero nada de eso pasó. Los contrarios, a su vez, esperaron a ver qué iba a suceder cuando lo tuviera dominado: se detuvieron. El tiempo mismo se congeló. Todos esperaron.

No cerré los ojos. Muchos nuevos jugadores lo hacen por miedo. Pero eso es lo primero que se debe aprender. No cerrar los ojos, siempre tener el balón perfectamente enfocado. Calculé la velocidad de caída con sólo verlo. En clase, había un ejercicio que los profesores de matemáticas realizaban con cierta frecuencia. El "calcul mental" era una pesadilla: operaciones sencillas para hacerlas mentalmente. Bueno, pesadilla en ese entonces. Hoy, hay por lo menos 50 cosas que me hacen sentir peor que esas operaciones, que en últimas siempre supe responder. Sólo con pensar en "un mañana" es mucho más complejo que eso. Obviamente, a esa edad nada de eso rodaba por mi cabeza. Por suerte. Sin embargo, estoy divagando. A lo que me refería es que ese cálculo automático que hice para saber en qué momento debía pegarle al balón sin que este tocara el piso y además, cómo debía pegarle para que se fuera directo al arco contrario, teniendo en cuenta que me encontraba de espaldas a él, era un análisis muy profundo por el que un profesor de matemáticas me hubiera dado un 20/20 sin parpadear.

Dí media vuelta. Puse mi pierna derecha como un eje clavado al piso alrededor del cual mi cuerpo entero giró. Mi pierna izquierda se estiró y con mi zapato de cuero azul (por aquello del uniforme del colegio) impactó de lleno el balón. El balón tomó dirección al lugar, que de acuerdo a los narradores de fútbol que gritan cada domingo, se denomina el ángulo superior derecho del arquero contrario.

Fue gol.
(Escrito en Diciembre 2007)